Respuesta a Juan Golpe

DEMOCRACIA VERSUS NEOLIBERALISMO, COMENTARIOS PARA UN ANÁLISIS CRÍTICO DE LA CONTRADICCIÓN PRINCIPAL

(Respuesta a Juan Golpe)

Juan Segundo Leiva

A días de concluir 2009, publicamos carta de nuestro amigo lector Juan Golpe. Quiero hacer honor a su ánimo de dialogar desde la polémica propuesta con respecto a la contradicción Neoliberalismo versus Democracia (en adelante N-D), definida por el Partido Comunista de Chile para la aplicación de su política. Un tema acuciante en el contexto previo al XXIV Congreso de la organización y en un momento de nuevas y dramáticas definiciones. Y quiero ratificar de esta manera la valoración que hacemos del debate como ejercicio dialéctico, colectivo, constructor de ideas.

En primer lugar, aclarar que usamos el concepto de contradicción en tanto categoría científica enmarcada en un método de análisis propio -aunque no exclusivo- del marxismo. Precisamente, en el uso de las categorías empleadas por Marx y Engels (y posteriormente por todos los que han acogido esta teoría) el concepto de contradicción es inseparable de la interpretación según la cual el movimiento de la historia está dado por la lucha de clases, es decir, por la dinámica generada en el antagonismo entre explotados y explotadores. En esta cadena dialéctica y en tanto existan las clases sociales, necesariamente un grupo (el que dirige y se sirve de las relaciones de producción) se apropia del poder político en favor de sus intereses de clase. Claro, no es así de simple. El movimiento histórico se presenta en diversas formas y con las múltiples complejidades (y contradicciones internas) de cada época o etapa de desarrollo. Este apronte al debate de la línea busca justamente que se dé lugar a un análisis que evite errores que costarían caros a los procesos de emancipación.

Por otra parte, el que Mao Tse-tung haya “desgranado”, por decirlo así, las contradicciones en principal y secundaria (y en las múltiples ramas de contradicciones posibles que se pueden desprender de una contradicción principal) no representa un fundamento teórico para el oportunismo. Creo que no es lo que Juan Golpe quiere decir, pero es necesario aclararlo. En lo esencial, la concepción de Mao de la contradicción, la noción de los opuestos (que puede confundirse, o enriquecerse quizás, con la visión oriental de los opuestos), no es diferente a la leninista. Resulta útil y necesario realizar una definición de contradicciones en la que se distingan las principales y secundarias, derivadas de la observación de grado y de profundidad del conflicto a resolver, según el lugar e importancia que ocupen en la determinación de las diferentes contradicciones para una estrategia auténticamente revolucionaria.

En segundo lugar, efectivamente, a partir de 2002 el PC de Ch concluyó que la contradicción principal del momento (sostenida hasta ahora) es N-D. Interesa a Juan Golpe esclarecer si esta definición es correcta, cuestión ante la que arroja el siguiente juicio, entre otros: la política del momento del PC de Ch ha sido capturada por la ola “movimientista”, con giros oportunistas que conducen peligrosamente hacia posiciones propias de la Tercera Vía o de la socialdemocracia.

Veamos. La potente aparición de los movimientos altermundialistas vino a imponerse a fines de los 90 y principios del 2000 sobre la dispersión de una izquierda acusada de “tradicionalista”, de una izquierda desencantada y cuestionada a consecuencia de las grandes derrotas de los 80 y 90, y, por otra parte, a merced de la reorganización del Capitalismo (iniciada en los 70-80) en una nueva fase con el modelo llamado Neoliberal. La cuestión es ¿Por qué el Socialismo no ha tenido la capacidad o la fortaleza para imponer sus postulados? En cambio, en una década los movimientos anti o alter-globalización y el movimientismo -en una variedad que va desde el zapatismo hasta ATTAC, desde propuestas como la “democracia participativa” hasta la Tasa Tobin- lograron canalizar inmensas inquietudes y catalizar debates que han cruzado fronteras[1]. El problema puede explicarse en parte en estos dos sentidos: 1) el escenario dibujado por esta suerte de “refundación capitalista”, y 2) la incapacidad teórico práctica del Socialismo de realizar un análisis del nuevo contexto y construir en el corto plazo un discurso para esta etapa, sirviéndose para ello de sus propios métodos teóricos.

Coincido con Juan Golpe en que el discurso de aquellos referentes desvían o por lo menos eluden la mira de tiro del objetivo revolucionario, es decir, de la transformación radical de la sociedad. En este sentido, son expresiones reformistas. A pesar de ello, debemos reconocer que tienen fundamento en necesidades complejas y contemporáneas, resultantes del avance del Capitalismo, del acelerado desarrollo tecnológico, entre otros, y que son también parte de las violentas contradicciones en las relaciones sociales y de producción, de la distribución de la riqueza y del poder. Las demandas de los movimientos en su diversidad de origen y contenido (de género, étnicos, medioambientales, etc.) coinciden, en general, en la necesidad de reformas políticas y geopolíticas (se habla de la nueva desigualdad Norte-Sur), coinciden en la necesidad de visibilizar sus problemáticas e incorporarlas en la arquitectura institucional, comparten la necesidad de oponer resistencia a la voracidad neoliberal. Coinciden, en definitiva, en “otro mundo” más plural y democrático. Mas no resuelven las contradicciones profundas que generan las injusticias y que se hallan en la desigualdad de las relaciones de producción del Capitalismo, mantenidas y protegidas por la clase privilegiada, la burguesía, que controla los centros de poder político-militar, los Estados capitalistas.

Creo que el error no consiste en la decisión de luchar por la conquista de Estados democráticos o en bregar por la soberanía de naciones y pueblos sometidos por la desigual relación del poder económico; la falta grave reside en la confusión y desidia -propia de las actitudes vergonzantes- que se instalaron en nuestra izquierda. Esta izquierda, sin necesidad de oponerse -sino que al contrario- a las reivindicaciones de aquellos movimientos sociales, debiese desplegar su discurso radical en la disputa con ideas reformistas, contra el oportunismo ideológico y político, y en favor del Socialismo.

Usemos un ejemplo clásico (antiguamente manido, actualmente despreciado u olvidado): la Revolución Rusa de 1905.[2] Los bolcheviques apoyan la constitución del gobierno democrático burgués encabezado por Kerensky para resolver la contradicción entre monarquía y democracia burguesa, que era la que se imponía. Kerensky pertenecía al ala derecha de la socialdemocracia rusa, pero con él y a través de las condiciones propiciadas por el sistema democrático parlamentario (la Duma), podría resquebrajarse el poder autocrático del imperio zarista, derrotando a la ultra derecha monarquista encabezada por Kornilov. Se trataba de obtener ventajas parciales para una todavía minoritaria clase obrera y para sus aliados del pueblo pobre, principalmente el campesinado. En esta forma, la resolución de una contradicción llevaba a la siguiente, igualmente existente, pero ubicada de una forma diferente según el avance del proceso.

Probablemente los bolcheviques no habrían podido hacer la revolución, dando tan gran paso (a la contradicción Capitalismo versus Socialismo) si no fuera por la guerra imperialista desatada por las entonces potencias económicas avanzadas (1914-1918). Esto no resta ningún valor a la audacia y brillantez teórico práctica de Lenin y a los excelentes resultados conseguidos por la ductilidad y, a la vez, firmeza estratégica de los bolcheviques. Es el producto de una interpretación correcta de las contradicciones, donde la contradicción Socialismo-Capitalismo no era suficiente para adaptar la acción a la realidad en el lapso vertiginoso que va de 1903 a 1917.

Es preciso determinar la(s) contradicción(es) del momento, que es como ir buscando en el camino las irregularidades y senderos que permiten decidir los avances cualitativos y cuantitativos, y que a veces obligan a dar pasos atrás o sortear lateralmente obstáculos. Es cierto que el Neoliberalismo es la expresión económica del Capitalismo, la que en la actualidad enfrentamos, en tanto modelo mundializado y en fase de ultra explotación. Sin embargo, si nos circunscribimos al término Neoliberalismo, no podemos hallar su opuesto en el de Socialismo (sería como oponer por igual moda y estilo). Es un problema fundamental de categorías. Por otra parte, el Neoliberalismo es una expresión esencialmente económica, si bien concita con él distintos aspectos no económicos. No siendo una categoría de orden rigurosamente política, por lo que oponer en su contrario “Democracia” es forzado cuando menos. En el caso de atenernos a la contradicción política tendremos que describir el carácter político particular que tiene el neoliberalismo en este momento, caracterizado por un imperialismo de los consorcios y los Estados capitalistas más poderosos, trasnacionales. ¿Cómo se expresa en nuestro caso, en el caso de Chile? ¿Democracia tutelada, antipopular, en la Constitución autoritaria, oligárquica y pinochetista? ¿Cuál es su opuesto en el caso que corresponda? ¿Democracia a secas, democracia burguesa, nacional, bolivariana, popular, antioligárquica…? Buen problema.

Como sea, podríamos concluir que existen errores no menores en la definición de la contradicción del momento.

Juan Golpe ha sugerido que el PC de Ch se ha dejado encantar por los cantos de sirena de un movimiento sin claro sentido clasista, es decir, por el ensueño que tanto cuestionó Lenin de una democracia suficiente en sí, perdiendo sus fines revolucionarios. Sería esto cierto (a nuestro pesar) si el afán fuese unirse a los movimientos altermundialización y antineoliberales con una actitud conformista respecto de la salida a “otro mundo” más democrático que intenta “humanizar” el sistema, un Estado con apellido conocido, “benefactor” o “popular”, o con algún otro apellido “moderno”… Nosotros no lo queremos ni lo entendemos así. Las alianzas que cruzan transversalemente un espectro de oposición al Neoliberalismo (incluyendo sectores sociales no revolucionarios, pero ¿es que acaso el campesinado ruso era revolucionario por definición?) sirven hoy a la acumulación de fuerzas para debilitar al extremo más reaccionario de la burguesía, a la par que da lugar a condiciones mejores para la elevación en cantidad y calidad de las fuerzas de la clase trabajadora (obrera) y de sus aliados en otros sectores de trabajadores y excluidos.

Lo que no debe distraerse es el punto donde la mira busca su disparo más largo: la contradicción Socialismo-Capitalismo. Por lo mismo, tendría razón Juan Golpe si la contradicción N-D condujera al oportunismo, a la repartición de cómodas cuotas de poder en la administración, en la burocracia, sin quebrar las relaciones impuestas por el capital. El PC se ha planteado a favor de sumar en la diversidad sin olvidar a la clase trabajadora en el centro, para preparar el terreno en que se organiza y lucha, en que la clase se fortalece y produce hegemonía propia en el conjunto social. Esto requiere una izquierda (y un partido de clase) con una teoría correcta aplicada a la observación del proceso. Corregir, entonces, la definición de la contradicción principal respecto de la compleja realidad actual, es de vida o muerte para el carácter revolucionario del partido.


[1] Su principal tribuna ha sido el Foro Social Mundial, cuya primera versión se realizó en Porto Alegre, Brasil, el 2001, y su medio principal de difusión es la revista Le Monde Diplomatique. En la actualidad el FSM ha perdido buena parte de su energía original.

[2] Ver Dos Tácticas de la Socialdemocracia en la Revolución Rusa, V. I. Lenin, Marxists Internet Archive, 2003. www.marxists.org/espanol/lenin/obras/1900s/1905-vii.htm

Sujeto, política y Eros

La Ficción de la Voluntad Propia

Ramiro Trepper

Cuando se analizan los fenómenos sociales de la historia y se le atribuyen a sus actores consciencia histórica de lo que están haciendo, se olvida a menudo que hay una distancia entre el discurso y la acción; enajenación la llamaba Marx. Los actos de los sujetos son los que se encuentran ajenos al discurso y estos actos están determinados históricamente. El discurso viene a aunar, a relacionar de manera coherente actos cuya motivación trasciende el entendimiento inmediato de los sujetos, puesto que estos obedecen al momento histórico que se está viviendo. Ese momento social-histórico es el elemento fundante en que el individuo se constituye y de momento no aparece consciente a éste esa manera original de constitución. Los individuos creen que son ellos los que constituyen su individualidad, su autonomía, su voluntad, pero esto no es más que ideología en el sentido de falsedad de lo verdaderamente acaecido con él y su entorno. El curso de la historia aparece como inexorable, ajeno a la voluntad, y en una sociedad dividida en clases no podría sino serlo.

Marx sostiene que la política y la ideología se constituyen desde un punto que está más allá de los hombres que las engendran. Ese campo constituyente es el espacio transindividual de las acciones sociales. El deseo como indeterminado, la pulsión como dinamismo organizador de las significaciones, dicen, de otra forma, el enriquecimiento progresivo de las necesidades, que es motor y ser de lo humano. Como dice Foucault, la preocupación por uno mismo se sitúa entre el privilegio y la acción política consciente. Esta descripción abstracta, es particularmente importante en una época en que la subjetividad es directamente y de manera explícita, el ámbito donde se constituye la dominación social. La modernidad trajo una nueva manera de articular lo público y lo privado, en donde la subjetividad moderna quedó en el centro de todo rasero analítico y dominio directo e indirecto en el plano político. Esa ficción en que los hombres se hacen a sí mismos de manera individual descansa en el horizonte utópico en que la individualidad soberana se reconcilia con la actividad social que ella controla y reproduce. Pero esto no es más que ficción, no es real. La fuerte diferencia entre el espacio de mis sueños y el mercado capitalista (que constituye el mundo verdaderamente real, actual) indolente, en que la privacidad es una reserva de esperanza, se articula como una dinámica esquizoide de realidad e irrealidad. Todo se reduce a la dinámica de la dominación. Esa dominación ha instaurado los mecanismos psíquicos de la normalidad y la productividad, y por otro se ha relegado el impulso genérico de desplegar la vida (¿felicidad ?) al lugar de lo reprimido, desde donde apenas sin cesar, aparece una y otra vez, como fantasía, como espíritu utópico, como “humanidad verdadera”. Ello se debe a que los individuos no están constituidos desde sí mismos. No es cierto que se puedan cambiar estructuras de conductas mediante significativos actos de acción interpersonal. No es cierto porque lo que constituye esas estructuras está más allá del ser individual, se constituye en el campo de la transindividualidad social.

Esto significa que la transindividualidad y sus efectos constitutivos de sujetos, de individuos, sólo son abordables desde la política; y esa realidad transindividual trasciende al individuo en cuanto individuo y ataca el problema de raíz pues queda al descubierto la racionalidad del dominio. Frente a esa racionalidad, el tratamiento individual (autoayudas, prédicas purificadoras, exhortaciones revolucionarias, discursos de buenos deseos, tratamientos clínicos, etc.) no puede ser otro que la terapia de la resignación. Aquí es de donde debemos partir: promoviendo el impulso del ser, de ser un mundo de erotismo generalizado, que como dice Freud: ocuparse de uno mismo es real, la culpa no es necesaria, podemos ser felices.

Tras el terremoto en Wall Street, PERSPECTIVAS PARA LA IZQUIERDA

LAS CRISIS O EL REINADO DEL TERROR.

Patricio Malatrassi A.

Economista. Presidente Frente Profesionales de Izquierda

En una economía no planificada las llamadas crisis económicas son fenómenos ineludibles e imprevisibles. Se trata casi siempre de la acumulación de mercancías invendibles y necesidades insatisfechas. En general su aparición es precipitada por productores que han producido más de lo que pueden vender. Mientras que en formas anteriores de la sociedad el desastre económico era sinónimo de escasez insólita, la crisis hoy es una crisis de sobreproducción. Es claro que este es la manifestación del fenómeno como lo es la  posterior transformación de la sobreproducción en su variante opuesta de la escasez, que en la crisis que estamos viviendo es escasez de dinero, dinero transformado súbitamente en un bien escaso, (De allí la escalada de intervenciónes de parte de los Bancos Centrales para bajar el valor del dinero es decir, las tasas de interés), luego escasez de puestos de trabajo, escasez de bienes de consumo etc., etc.

Desde los años ’70 el mundo ha vivido de crisis en crisis, con origen en los países desarrollados o en los países dependientes. En una sucesión  sostenida de la cual la actual es un eslabón que se convierte en la más violenta e imprevisible de los últimos cincuenta o setenta años. Es el reinado del terror. Podemos registrar una secuencia de estos eventos: la crisis monetaria en EE.UU. y la ruptura del patrón oro en 1971; el alza de los precios del petróleo en 1973 y 1979; la crisis de la deuda externa latinoamericana en 1982; el crac bursátil de Wall Street en 1987; las crisis de las cajas de ahorro estadounidenses en 1989; el crac japonés en 1990. Luego vienen las crisis periféricas de fin de siglo: la mexicana (1994), la del sudeste asiático (1997), la rusa (1998) y la brasileña (1999). Y a partir del nuevo siglo otro encadenamiento: el derrumbe de las punto.com en el 2000; las crisis en Turquía y en la Argentina (2001); la quiebras de Enron y World Com (2001 y 2002); las repercusiones financieras del atentando a las Torres Gemelas y de la invasión a Irak. La actual crisis de las subprime [1]que estalla en 2007.

El proceso de insolvencia de los deudores inmobiliarios detonó la quiebra de Lehman Brothers, el cuarto banco de inversiones de EEUU, y lanzó a Wall Street en picada. La mala noticia se suma a la de la quiebra de Bear Stearn y la apresurada compra de Merril Lynch por Bank of America. Previamente, las aseguradoras Fannie Mae y Freddie Mac fueron absorbidas por el estado ante su  total insolvencia. Junto a esto, sombríos datos sobre el desempeño de la economía provocaron que el Congreso de EEUU aprobara un plan de rescate inicial  de 800 mil millones de dólares. Wall Street vive en un vaivén constante de subidas y bajadas históricas producto de la alta incertidumbre de una economía que no logra tocar piso provocando que los precios de las acciones  a la baja no detenga las pérdidas.

Esos íconos críticos, comerciales o financieras, son fenómenos económicos  que periódicamente ponen a prueba toda la vida e incluso la existencia de la sociedad capitalista. No son eventos aislados sino que forman parte del desarrollo normal de la sociedad burguesa que los genera porque forman parte de su modo de existencia. El modelo capitalista de desarrollo desemboca inevitablemente cada cierto tiempo en una catástrofe general  que afecta a todo el mundo. No es posible que suceda otra cosa cuando el sistema descansa como lo hace el capitalismo en las fuerzas ciegas del mercado y en el imperativo mercantil del lucro y el interés privado. De allí que precisamente la única forma de crear antídotos para detener el desastre es poner en marcha  los mecanismos de planificación centralizada, la nacionalización de la banca, es decir la intervención socialista del sistema a través del ejecutor de última instancia: el Estado.

Los capitalistas y sus defensores, políticos y abogados, delincuentes de cuello y corbata no hacen asco en la hora de la desgracia a aquello que continuamente denigran: la intervención del Estado y los sistemas de control social. Y esto obviamente no lo hacen porque súbitamente se conviertan al comunismo sino para lograr que el costo que las crisis que ellos provocan las paguen aquellos a quienes siempre han explotado: las trabajadoras y los trabajadores.

Esta crisis está arrastrando a millones de seres humanos a una pobreza más profunda y derivará como lo declaran personeros de la UNESCO en la muerte de miles de niños en el período. Además está demostrado históricamente que las recesiones han puesto una carga desproporcionada de ella sobre las mujeres al tener éstas empleos más vulnerables, estar subempleadas o desempleadas o carecer de protección social y tener  un acceso limitado a los recursos económicos y financieros. Las mujeres dependientes, por ejemplo, que tienen que cuidar a familias completas con menores ingresos o las mujeres trabajadoras que tienen que apoyar a sus familias sólo con sus salarios que, en promedio, son menores que los hombres.

El mismo desolador panorama se incrementa en el ámbito de los jóvenes que en promedio desde la dictadura hasta los gobiernos de la Concertación han tenido una tasa  de desempleo de alrededor del 20 %.

La  crisis y el fantasma recesivo que ya se manifiesta en Chile un incremento sistemático de la tasa de desempleo y la pérdida de más de un tercio de los fondos provisionales. Se suma a esto el tema de los alimentos básicos con un incremento de precios del 65 % desde el 2006 donde las mayores tasas la han tenido la soja, el trigo y el arroz, siendo esto último parte de la dieta básica de los chilenos.

Otro problema central es la sobreexplotación de los recursos a lo que se suma el abandono de la agricultura que tiene como meta  la seguridad alimentaria por la agroindustria capitalista neoliberal destinada  en lo esencial a la producción para el mercado mundial. Así los antiguos campos trigueros hoy están destinados a la plantación de pino, la pesca artesanal diezmada por la pesca industrial destinada a producir harina de pescado.

Para resolver el problema de la crisis no hay caminos intermedios: es necesario abandonar el modelo neoliberal creado por el sistema capitalista de desarrollo y su dogma económico basado en el aumento continuo del consumo. Deben incrementarse el reparto del trabajo, socializarse los servicios básicos, recuperar la totalidad del cobre y nacionalizar la banca. En definitiva recuperar la riqueza y la propiedad para quienes producen la riqueza cualquier otra cosa es someterse al reinado del terror que impone la dictadura de la burguesía.


[1] Un crédito subprime es una modalidad  crediticia del mercado financiero de Estados Unidos que se caracteriza por tener un nivel de riesgo de impago  superior al resto de los créditos.

La Crisis como Crisis

Ramiro Trepper

Al hablar de crisis debemos aclarar el concepto, para desde ahí comenzar a hilvanar ideas que expliquen por qué esta crisis actual del sistema neoliberal del capitalismo no ha producido los efectos revolucionarios que hubiésemos esperado en el sistema mundo contemporáneo. Dicha pregunta o preguntas sólo se constituyen en una aproximación discursiva, porque no exhaustiva. Más bien las posibles respuestas son provocaciones para el debate.

El término crisis lo entendemos en su sentido original griego, esto es, seleccionar o decidir, que enlazado con el sentido sanscrito de limpiar o purificar nos permite entender que las crisis están cargadas de oportunidades para la “sanación” de aquello que se encuentra en  estado crítico. Pero aquí queremos ir más lejos y plantear que dichas sanaciones son posibilidades de cambio, pues implican para sus actores conscientes, juicio y decisión. En la crisis es posible purificar la escoria que ha provocado tal situación. Esa purificación para nosotros debería ser la superación del capitalismo, causa central de todo este marasmo.  Entonces, he aquí el gran cuestionamiento: ¿y los efectos revolucionarios purificadores del nuevo proyecto sanador?

La argumentación reflexiva se vuelve necesaria para no caer en el desencanto que las explicaciones aprendidas de manera panfletaria no alcanzan a cubrir, como por ejemplo: “la miseria genera protesta”.  El sistema económico ya no opera de manera autónoma, funcionando al margen del sistema político estatal, es por ello que las crisis económicas ya no aparecen como “de repente” sin que nadie les pueda dar explicación. Las crisis económicas están íntimamente unidas a la política y a las formaciones sociales respectivas.  Ello implica que no podemos esperar una crisis sistémica, pues para ello tendría que entrar en crisis al mismo tiempo todo el sistema, que va mucho mas allá de lo puramente económico, y eso no ha ocurrido. Claro que la tendencia general del capitalismo a la crisis sistémica ha sido hábilmente reprimida, para evitar precisamente la escalada del desmoronamiento general, pues en su estructura de funcionamiento el capitalismo tiende a la crisis y esto lo saben bien  no sólo los revolucionarios sino también sus enemigos. Esto genera un estado permanente de crisis que estallan cada cierto tiempo, pero que es controlada administrativamente con la intervención de políticas estatales cuando corresponda, lo que a pesar de todo no evita su aparición, pero ya no sistémica.  La posibilidad de purificación revolucionaria está fuera de esta dinámica.

Las acciones que evitan que la crisis económica capitalista se vuelva sistémica son trasladadas por la actividad administrativa del estado a la dinámica política de recambio gubernativo por incompetencia, mal manejo u otro ropaje propagandístico electoral,  ocultando al ciudadano la verdadera causa de sus padecimientos de empleo o baja en su estándar de vida. Este procedimiento se puede llevar a cabo porque las reservas de legitimidad política que el aparato administrativo ha construido le permiten operar de tal forma que la irracionalidad del sistema capitalista queda subsumida en hechos inconexos o episódicos que se refuerzan con más legitimidad  política al adoptar medidas de racionalidad gubernativa que son presentadas como las adecuadas para salvar la crisis que este mismo juego ha engendrado.

Por último, las reservas de legitimidad política vienen, en gran medida, aportadas por las motivaciones socio-culturales que las sociedades tengan. Cuando esas motivaciones no son suficientes o se ven degradadas por la sinverguenzura, el despilfarro o el aprovechamiento de la elite en el poder, entonces deben ser rápidamente reemplazadas por una “ética” fácilmente entendible de consumo y  juego. Aquí las formas de distribución de bienestar se realizan a plazo fijo con bajas tasas de interés, procurando con ello evitar que dicho procedimiento sea descubierto como expresión de intereses que no son generalizables sino que son intereses de unos pocos. Esto implica un costo extremo al sistema político administrativo, pues carece de recursos racionales de justificación, trayendo consigo un abandono, un vaciamiento de participación política, esto es, de legitimidad en el largo plazo. Pero las consecuencias de una crisis sistémica, esto es, revolucionaria, son desplazadas hacia situaciones de normas que carecen de racionalidad justificativa, redundando en el mantenimiento potencial –pero no latente- de una crisis sistémica que se repetirá rapsódicamente hasta nadie sabe cuando.

El Fracaso de la Crisis como Posibilidad

Uliánov

El fracaso de las acciones de la izquierda nacional a propósito de la crisis actual del neoliberalismo, resultan impresionantes. La aspiración al poder, sea por la vía armada de la insurrección (no se asusten, es sólo argumentativo), como por la vía de una huelga de masas que culmina en una sublevación nacional (les parece conocido este discurso), o aún mejor (¿o peor ?), por la vía parlamentaria, no ha dado ningún resultado y eso nos mantiene pordioseramente pidiendo migajas políticas. La posibilidad de la gestión democrática de base, predicada, sobre el modelo de los comités de defensa de la revolución o aún de los viejos soviets; la idea de una nueva cultura de trabajo manual e intelectual unido (Gramsci), con direcciones políticas rotativas (R. Luxemburgo), con autogestión económica, política y cultural de base (Salazar y su grupo). La idea de una revolución cultural que pueda crear un hombre distinto (Mao en su lado amable) al individuo de la sociedad capitalista. La idea de abolir la constitución, el estado, la moral, la familia, el arte burgués y crear un nuevo arte, una nueva moral, una nueva ciencia, nuevas leyes que le den efectiva cabida a la soberanía popular, nada de eso se escucha hoy a propósito de la bancarrota del neoliberalismo.  Las posibilidades revolucionarias de la crisis se desaprovechan por una evidente derechización de los análisis y discursos de la izquierda. Sí, estoy cierto que los programas se construyen en el corto, mediano y largo plazo, pero siempre (y eso Lenin y los revolucionarios triunfantes nos lo enseñaron a fuego) teniendo como objetivo central y único la superación del capitalismo en cualquiera de sus formas.

Las causas de fondo, sin embargo, siguen siendo, la lógica del crecimiento capitalista. La sociedad burguesa, con su poder ilimitado para aumentar la productividad, para aumentar la masa efectiva de productos disponibles para el bienestar, para aumentar los niveles efectivos de consumo, muestra aquí su superioridad. Es capaz por sí misma de integrar al consumo a toda fuerza contestaria. La paradoja es que las propias presiones del movimiento popular, sobre todo obrero, en la medida en que son aceptadas por la hegemonía burguesa, implican su integración progresiva y su consiguiente desmovilización como masas revolucionarias. Así, la izquierda en lugar de cambiar el mundo ha sido cambiada por él.

Este fracaso actual debe rastrearse en forma paralela a la represión de los grandes movimientos de masas que trajeron consigo el gobierno de la Unidad Popular de Allende, que significó el exterminio de miles de cuadros políticos, sindicales y militares, de miles y miles de simples militantes, significó el exilio, la cárcel, el cierre de todo espacio de discusión y creación doctrinaria tanto fuera como dentro de las orgánicas de izquierda. La fuerza, la barbarie del neoliberalismo, combinada con los intentos de refundación por parte de la burguesía nacional ligada al capital transnacional, de la vida económica, política y cultural, han significado una derechización general de la izquierda en nuestro país. Esta actitud se sustenta en autocríticas demoledoras a un supuesto maximalismo, en la pérdida general de las expectativas de cambio radical, en la integración al nuevo modelo político de democracias aparentes. Se nos enseña a pensar en las coordenadas de la resignación y la adaptación. Ya no soñar más, la política dura se impone, lo demás es voluntarismo o, peor aún, fraccionalismo.

Nada es igual. Ya la iglesia no es la del cardenal Silva. Europa no es la del movimiento estudiantil contracultural. Los yanquis ya no tienen a Malcolm X, ahora tienen un presidente negro. América Latina no tiene un Ché y Chile ya no tiene un Allende (ahora hay sólo sucedáneos).  La situación general es que el capitalismo imperialista neoliberal, le ha quitado espacio al rupturismo revolucionario. Pero ha abierto un enorme campo para la integración, la negociación, esto es, la componenda.  Se trata ahora de pedir lo posible en los espacios posibles. La pobreza de millones debe esperar, o esperar a crecer o morir; su radicalidad intrínseca debe adaptarse o lumpenizarse.  La recuperación económica traerá nuevamente buenos negocios y con ella la prosperidad para todos aquellos que sepan aprovechar las oportunidades que el sistema ofrece; la nueva racionalidad se extenderá lentamente y el ciclo se iniciará de nuevo. O quizá no, y entonces ahí estará el viejo topo revolucionario, lo quieran o no los grandes poderes y su coro de izquierdistas educados y simpáticos.

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