Patricio Malatrassi A.
Economista
El día jueves 6 de mayo el Dow Jones, principal indicador financiero de Estados Unidos, cayó 1000 puntos, es decir, una caída de más de 9 puntos porcentuales como contrapartida del pánico de los inversores ante el desplome de la economía griega, ya latamente anunciada en los medios internacionales.
Esto que podría ser anecdótico no lo es pues –a pesar de la campaña de desinformación puesta en marcha inmediatamente que culpó a una falla en el aparataje técnico de la bolsa destinado a proteger a los inversores institucionales mediante un mecanismo de venta encadenado cuando los valores accionarios bajan de cierto horizonte previamente presupuestado– la caída es consecuencia del fracaso en el llamado rescate de la economía griega elaborado por los principales países de la eurozona y el Fondo Monetario Internacional, que se vino abajo estrepitosamente al ser jaqueado por una masiva movilización de los trabajadores griegos. La caída de la economía griega no es una cuestión fortuita, sino un nuevo hito en la bancarrota del modelo neoliberal a nivel mundial.
Forma parte de un continuo previsible de los desastres especulativos desencadenados por la banca y otras estructuras financieras que dominan la economía mundial. Así esta maraña que amenaza a los países más relevantes de Europa termina detonando una caída en las bolsas estadounidenses.
Los bancos, principalmente de Alemania y Francia, exigieron al gobierno griego para la implementación del salvataje, la puesta en marcha de una política de shock similar a la creada por la dictadura y los Chicago boys en el Chile de la década del 70: es decir, políticas capitalistas neoliberales. La fórmula es conocida y repetida una y otra vez para accionar el esperpento neoliberal: Reducciones salariales y liquidación del sistema de pensiones solidarias, aumento de impuestos al consumo (IVA), liquidación de conquistas sociales y relaciones laborales, debilitamiento de la organización sindical bajo la conocida fórmula de sustituir los contratos colectivos por contratos entre individuos, empleo precario y temporal amén de la represión desatada que implica mantener tal estado de cosas.
En menos de un día quedó en evidencia que el default (cesación de pagos) de Grecia era imparable, aún con la duplicación de la suma que hiciera la Banca internacional para el salvataje, que pasó, en medio del pánico, desde los 60 mil a los 120 mil millones de euros, poniendo en evidencia la magnitud de la deuda. Fueron jaquedos los principales acreedores (bancos de Francia y Alemania) que trataban no de salvar la economía griega, sino de crear un “blindaje” para utilizar dinero público dirigido a financiar la fuga de capitales desde Grecia a los paraísos fiscales y en definitiva recuperar sus inversiones.
El default griego no es un tema aislado, está dentro de la línea de caída del sistema financiero capitalista internacional, puesta en evidencia a partir de la caída del banco de inversión estadounidense Bear and Stern, en 1977, hasta el derrumbe de Lehman Brothers, en septiembre de 2008. Esta ligazón da por tierra a las predicciones de los economistas del modelo que aseguraban que no se repetirían estos desastres como consecuencia de las enormes inversiones de liquidez por parte de los bancos centrales y la banca privada.
Y aquí vamos una vez más “cuesta abajo en la rodada”, pues los bancos de Europa se están quedando sin liquidez (dinero corriente) y no se están prestando dinero entre ellos, agudizando el impacto de esta nueva crisis financiera internacional que ya tiene en duros aprietos a las economías de Portugal, España, Italia, Inglaterra y Alemania. Portugal, por ejemplo, tiene un endeudamiento del 200 % de su producto, Alemania sufre (es decir, los trabajadores alemanes) de las tasas de desocupación y jornadas reducidas más altas de la eurozona, y su deuda pública llega ya al tope establecido por la UE; España está también al borde de la cesación de pagos y una cesantía que supera el 20 %. En general, 23 millones de europeos no tienen trabajo.
Al otro lado del Atlántico, Estados Unidos está metido en un zapato chino con la lucha por los mercados mundiales donde, a pesar de las medidas de Obama por dinamizar las exportaciones, éstas no logran aumentar y el déficit comercial (deuda externa) no cesa de crecer. Si EEUU quisiera (pudiera) normalizar su situación financiera, debería realizar un recorte mínimo del 9 % del PIB y arrastrar con ello al quiebre del sector público.
En Chile, país de payasos y farándula, el Ministro de Hacienda ha minimizado estos hechos, aunque ya dejó en claro que los recursos de la reconstrucción del país serían usados en la medida que no nos afecte la crisis a la que llamó “baches”. Olvidó mencionar que esta crisis puede implicar esta vez la caída de las materias primas, entre ellos el vital cobre, lo que pone un signo más de preocupación que se une a las consecuencias del desastre del terremoto.
Lo concreto es que esto no se trata de “baches” sino de un problema estructural, es decir, de la esencia del capitalismo que conlleva crisis cada vez más seguidas y más severas. Estamos contemplando la bancarrota del modelo y su descomposición. Por ello resulta tragicómico que en medio de este desastre los economistas neoliberales sigan repitiendo como cacatúas las bondades de la libre competencia implícitas en el modelo como una “ley natural”, silenciando el hecho de que Marx demostró en un profundo análisis teórico e histórico que esta “libre competencia” es precisamente la que engendra inevitablemente en el capitalismo el monopolio, o en su expresión imperialista, a las grandes transnacionales que dominan la economía internacional. Ésta sí es una ley general y fundamental del desarrollo capitalista.
Así tenemos que, aunque la producción real sigue siendo el eje central de la economía, las ganancias principales van a dar a los manipuladores financieros y sus instituciones. A pesar de lo evidente de esto, los sonambulescos economistas a sueldo de la burguesía siguen voceando y enseñando en las instituciones universitarias las bondades de una inexistente libre competencia.
La crisis griega es una nueva muestra de las consecuencias que provoca la dominación que ejerce el capital financiero y su accionar por intermedio del sistema bancario, ya no ceñida a su papel de intermediar para los pagos convirtiendo el capital monetario inactivo en flujos que rinden beneficios. Ellos hoy han ampliado en forma orgiástica estas funciones iniciales para operaciones que logran desestabilizar regiones enteras a través de empréstitos públicos. Naturalmente detrás de todo esto no está el fantasmal “mercado”, sino un puñado de monopolistas que trafican impunemente, sometiendo al conjunto de la sociedad a su arbitrio y construyendo la desgracia de millones de seres humanos. En los bancos, como definió Lenin, “los capitalistas dispersos vienen a formar un capitalista colectivo”. Ellos, en definitiva, a través de las operaciones financieras que alcanzan proporciones gigantescas, subordinan el comercio y la industria de toda la sociedad capitalista a través del control del crédito.
Entonces, la crisis griega en desarrollo nos deja por lo menos dos lecciones, una en dirección a las inevitables consecuencias del accionar del capital parasitario financiero y, la otra, el papel central jugado por las masas en el derrumbe de este criminal rescate-reajuste promovido por la banca internacional. El movimiento de resistencia total a través de la huelga general del 5 de mayo logra detener aunque sea momentáneamente la maquinaria financiera y da una señal inequívoca de cuál es la salida real al dominio del capital.


