MOVIMIENTOS SOCIALES Y TELÚRICOS EN LOS 60

Carlos Fuchslocher C

Sin duda que la década del 60 del siglo recién pasado no fue una cualquiera, ni en lo colectivo ni en lo personal.

Fuera de nuestras fronteras nacionales los sucesos se amoldaban a la dicotomía campo socialista y campo capitalista, cruzados por la descolonización masiva en África y una rebeldía juvenil expresada especialmente en el Mayo francés del 68.

En nuestro interior, estábamos cruzados por la polémica entre reformismo o revolución y las vías para lograr cada cual.

En nuestra región, comenzamos la década con un gran terreroto la madrugada del 21 de Mayo, que a algunos nos sorprendió en plena “fiesta mechona” en la Casa del Deporte en el barrio universitario de Concepción.

Pocos días antes, nos habíamos quedado impactados con la Gran Marcha de los mineros del Carbón, desde Lota hacia Concepción, en pleno “gobierno de los gerentes” de Jorge Alessandri Rodríguez.

Nuestras células universitarias habían acordado participar activamente en la Marcha que encabezaba Clotario Blest por la CUT y Luís Corvalán por el PC.

En concreto, nos hicimos cargo de repartir leche a niños, ancianos y mujeres embarazadas marchantes.

Fue un día tenso, ya que algunos propagaron el rumor que los mineros con sus explosivos se tomarían y saquearían Concepción.

El tema expectante era: ¿el Intendente de la época, un terco Almirante, les daría la pasada en el puente (hoy como ayer terremoteado “puente viejo”) o le tiraría encima la milicia, como tantas otras veces en la historia proletaria de la zona?

A última hora primó algún grado de sensatez y los dejaron pasar a la emblemática capital provincial.

El movimiento social era fuerte: a los mineros se estaban sumando los profesores, la salud, el resto de la administración pública, los “viejos de la constru”, el acero, etc.

El gobierno de la época estaba herido en un ala, pero providencialmente lo salvó el terremoto…

Los trabajadores suspenden sus justas movilizaciones en aras de la solidaridad y la reconstrucción post-terremoto del 60 (hace exactamente medio siglo…).

La “Jota” de la época inaugura los trabajos voluntarios en el pedazo de Chile en el suelo.

Varios van de voluntarios a la zona de Valdivia a impedir el “riñihuazo”[1] (destrancarlo para que el lago respectivo vuelva a desaguar y no se rebalse).

Cuántas cosas más de esa década preñada de hechos, ideas e idearios societarios.

¡Para qué mencionar nuestras interminables polémicas con el contestatario e iconoclasta MIR recién en formación!

¿Y la pasión que le poníamos a la polémica chino-soviética (Mao y Krushov)? “Viviremos en el comunismo” decía éste último.

Se nos vino este otro terremoto de Febrero 2010, pero en una época en que se reniega de los sueños sociales y de los metarrelatos, se publicita la sociedad neoliberal del capitalismo salvaje, de la alienación y del individualismo.

Sin embargo, dentro de la miseria moral del sistema imperante, florecieron altruismos y puede ser una oportunidad para remontar la perplejidad inicial y construir un nuevo país que privilegie el ser al tener y lo humano sobre el mercado, al sujeto y no al objeto, y a pesar que las fuerzas de la naturaleza nos sorprendieron con otros inquilinos en La Moneda…


[1] A causa del terremoto, la caída de varios cerros bloqueó el paso de desagüe del Lago Riñihue, lo que pudo traer una gran catástrofe al desbordar el lago, que produciría un gigantesco alud que sepultaría los pueblos en las riberas del río San Pedro hasta la desembocadura en Valdivia en menos de cinco horas. Inmediatamente, se dispuso una gran concentración de obreros, del ejército y constructores de ENDESA, CORFO y Obras Públicas, y entre ellos miles de voluntarios entre los que había estudiantes. Los trabajos, que fueron dirigidos por el ingeniero Raúl Sáez, permitieron que el 23 de mayo el lago comenzara a lentamente a vaciar su excedente. El hecho fue considerado una hazaña y fue documentado en un notable registro del historiador Leopoldo Castedo, “La Respuesta (Hazaña del Riñihue)”.

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Crónicas desde una ciudad en furia

CUANDO EL TERREMOTO RESQUEBRAJÓ EL SUTIL CASCARÓN DEL SISTEMA

Eduardo Ampuero C.

Director periódico LaCélula

Restablecida la energía eléctrica y el agua, superada la tensión caótica de los primeros momentos desde el terremoto (aunque siguen fuertes réplicas), pasando por los asaltos, saqueos e incendios, nos damos a la tarea de un primer análisis de la situación que se expresa a partir de esta alteración extraordinaria del orden. Se manifiesta –más allá de las reacciones administrativas y del funcionamiento de la producción-, la brutalidad profunda de la desigualdad y el salvajismo del sistema.

Ha bastado un remesón natural, un fuerte golpe al funcionamiento de la sociedad, para dejar en evidencia realidades profundas y aparentemente ocultas. Como en un laboratorio, nos hallamos ante la reacción de los elementos sometidos a pruebas.

Sucedido el terre-maremoto de la madrugada del 27 de febrero, la reacción de la autoridad política fue desastrosa, a pesar de que el gobierno desplegó publicitadas campañas anticatástrofe, y ello le trajo otra catástrofe, esta vez política. Todo el bono reunido por Bachelet cayó por los suelos. La reacción para enfrentar las terribles consecuencias inmediatas del terremoto y de la siguiente avalancha social, resultaron acciones tardías y sin fuerza. Minimizó los efectos del terremoto, equivocó las decisiones de emergencia y no evitó la desgracia del maremoto que sobrevino, no movilizó a tiempo las fuerzas del Estado, las medidas de emergencia, sus instituciones de salubridad, etc. Pareciese ser que todo lo que actuaba era por cuenta propia. Quedó la impresión que la Concertación sólo preparaba su “bajada del barco”. Casi al instante, en cambio, las turbas vaciaron supermercados, farmacias, bencineras y lugares de alta necesidad durante catástrofes (así como otros de suntuarios). El gobierno no reaccionó o lo hizo muy mal. Los primeros dos o tres días causaron pánico en una población choqueada y aterrada por el pillaje y el desorden.

Paradojalmente, bomberos suministraba petróleo a fuerzas armadas y hospitales; mientras las comunicaciones quedaron completamente cerradas, una emisora comercial resolvía el problema básico de la comunicación y la coordinación… Quedó en evidencia que la autoridad política en todos los niveles no contaba con una red efectiva de articulación social de emergencia.

El espectáculo de las calles inmediatamente el terremoto (tsunami incluido), confundió a la mayoría, sorprendida por la invasión de millares de pobladores marginales que saqueaban todo lo que contenía algo de valor o que representaba algún lujo. Incomprensiblemente para las circunstancias, lo más codiciado fue el televisor plasma. La inseguridad sobrepasó a todo el mundo, no solamente a las villas de clase media alta, sino que también a los barrios proletarios, a los sectores de empleados… a todos. Con esta sacudida, reventó por algún lado una valla divisoria entre poblaciones socialmente segregadas. Los más pobres entre los pobres, los más ignorantes y dañados (los más vulnerables, según el renovado lenguaje de la asistencia social), saltaron el muro y corrieron a tomar todo lo que pudieron y de lo que se han sentido privados, seguidos después por otros sectores de gente. No la comida para la emergencia, no el agua que escasearía producto del colapso de las redes y del sistema energético, sino que aquello que simboliza valor en la sociedad de consumo, aquello que algunos alcanzan con mucha dificultad y que otros han tenido siempre y que no concebirían que se les pueda privar.

El alcohol más caro, la carne, sillones elegantes, televisores de alta tecnología, en fin, y dinero, el preciado y divino dinero. La sociedad del consumismo vio a sus hijos olvidados tomarse los palacios de distribución del placer y de la abundancia. Ante la ausencia de reacción, en un momento las bandas se reunieron en esos lugares y los usaron de cuarteles para determinar, en un colectivo guiado por toscos caudillos, los próximos pasos, a su manera, con su precariedad y con su instinto de manada. Si alguna fuerza les impedía apoderarse completamente de un centro comercial, lo quemaban (algunos, atrapados, purificaron de esta forma horrible todo el odio contra una sociedad cruel, ciega y desequilibrada, contra esta suerte de padre enfermo e injusto que les cría y abandona como animales).

Enseguida, se retiraron con sus carros de supermercados llevando sus botines a sectores tranquilos, donde montaron campamentos improvisados. En unos cerros, junto a exclusivas villas para la sociedad alta, uno o dos millares instalaron un verdadero pueblo, donde gozaron por un par de noches de asados y licor sin medida, compartieron sus nuevos y pequeños trofeos sentados en las sillas más elegantes. Hasta que el ejército, finalmente movilizado, y la policía, los corrieron de allí para alivio de sus vecinos espantados y escondidos en casonas. Los marginales no opusieron resistencia, porque si algo han aprendido bien es a sobrevivir, a ser “vivos”. Su problema no es el poder –aunque por momentos se extasiaron con su sabor-, su problema es el placer inmediato de una vida que se escapa cada día, el aprovechamiento ocasional y oportunista de todo lo que se les niega.

En este sentimiento de control de los más miserables se manifestaba un profundo resentimiento, no explicado en sus propios corazones, pero que tampoco sabrían por qué habrían de explicarse. Miraron a los pobladores de barrios medios y a los trabajadores menos precarios con burla y desprecio, expresaron su resentimiento en tanto tuvieron oportunidad, no con la violencia física como con las palabras: “ricachones”, dijeron, “ustedes no han pasado hambre”… Pero eran manifestaciones de sentimiento más que de claridad, confundiendo toda categoría de diferenciación social: existen la marginalidad y los “ricos”, es decir, los que algo tienen, los que, indistintamente de si con mucho o con ningún esfuerzo, pueden comprar un “plasma”.

De alguna forma, los jóvenes del lumpen han encontrado la oportunidad del caos para existir y se resisten a perder la oportunidad. Asaltan consultorios, atacan a bomberos e incluso a camiones que reparten agua para las poblaciones.

La reacción de la sociedad demoró, pero llegó. A los dos días se organizaron los que no se conocían entre sí en todos los barrios. Se armaron barricadas en todas las calles y pasajes con todo lo que hallaron, principalmente escombros del terremoto. Se armaron con palos y algunos vecinos prepararon viejas escopetas y pistolas. En los sectores más bajos con sables, guadañas e incluso armas de fuego hechizas, las mismas que se usan para defenderse en peleas callejeras o asaltos. La psicosis colectiva corrió rumores terribles acerca de invasores de barrios lejanos. Carros robados de los mismos supermercados asaltados, sirvieron para cerrar caminos en las poblaciones más miserables, para enfrentar a atacantes de barrios rivales que quisieran apoderarse de sus calles. Hubo pequeños conatos y alguna violencia, grupos disuadidos, aunque francamente con poca pelea para tanto pertrecho; hubo jóvenes ladrones heridos, apaleados por pobladores o policía. (Encontré ayer en Concepción a un lotino con una brazo inflamado, “me dispararon un escopetazo, papito, tengo la mano llena de perdigones”).

Restablecido lentamente el orden por el Ejército y el toque de queda, las detenciones y las palizas fueron marcando el compás. La gente decente –como se ha catalogado a todo el que no saqueó el comercio y que sufre la carencia- pide en la calle represión. Ante las detenciones callejeras, la masa ha gritado “¡Mátenlos! ¡Mátenlos!”

Ciudades y pueblos, con el aspecto devastado de una guerra urbana, comienzan a recuperar el control. Pero ¿qué nos deja este evento para el análisis de la realidad social?

En primer lugar, que el lumpen ha experimentado un proceso de desarrollo no atendido a cabalidad. Los más pobres han sido lanzados desde siempre y sobre todo desde la dictadura a los extremos, al margen urbano, formando gethos de marginalidad. Se han encerrado ahí los campamentos de pobladores, de obreros precarios, desempleados, casi inmovilizados en su pobreza. Las generaciones que incuban han conocido la miseria y la ignorancia, y han ido resolviendo un futuro sin expectativas a través de una sobrevivencia violenta, aprendiendo del oportunismo para obtener lo que una vida de trabajo humilde no les dará, pero que la sociedad a través de todos los medios se encarga de representarles como lo que realmente tiene valor: imagen de brillo y distinción, de éxito y placeres banales, de lujos o alta tecnificación al extremo del absurdo (sea de los electrónicos o del diseño de zapatillas); la sociedad consumista y arribista les invita todos los días a codiciar y le enseña a envidiar, les forma en la filosofía que dice que al mundo le mueve el egoísmo y que el individuo es por naturaleza competitivo. Ser “ganador” es el único y verdadero camino. La sociedad neoliberal ha levantado como ofrenda a sus nuevos dioses la hermandad crucificada sobre el altar de su devoción. El camino sufrido y no exitoso del obrero, del que probablemente seguirá cesante, sin preparación para una movilidad social elitista y esquiva, no es el camino de la juventud marginal. Desde la dictadura, el lumpen ha crecido y produce rápidas y nuevas generaciones enajenadas, sin proyecto ninguno más que el día a día. Naturalmente, la delincuencia y el narcotráfico (buen oficio para obtener lo inalcanzable), tendrán sus nidos principales en estos sectores, resignando a las viejas generaciones proletarias a su realidad aplastante.

La “política social” de los gobiernos neoliberales ha hecho la parte amable de esta construcción, cediendo cuotas o migajas de beneficios, manteniendo la pobreza, ofreciendo monedas o canastas familiares para lisonjear a quienes serán sus clientes electorales o harán su propaganda en calidad de temporeros en época electoral.

Es la contradicción y el sin sentido insultante de una sociedad que se representa a sí misma como pujante, mientras se divide entre los que tienen la mansión junto al lago para pasear una vez en el verano, ostentando sus comodidades, sus autos lujosos por todos los medios, día tras día, ante otros que apenas conciben la idea de la casa, que se saben ellos mismos y sus vergonzosas realidades, invisibles.

Se juzga la delincuencia y la barbarie del lumpen en tanto los poderosos de los bancos y de las grandes empresas hacen su propio negocio en la desgracia. Aparecen en medio del desastre ofertando a toda página créditos, sacando cuentas de nuevos negocios tanto o más provechosos para sus arcas. Las empresas constructoras que han visto caer sus nuevos edificios, algunos con seres humanos que confiaron en su oferta, se encierran por días sin decir palabra, calculando sus pasos. Inician ahora acciones legales para que los edificios que deben ser derribados, no lo sean. El jefe de la Cámara de la Construcción se mofa de las críticas diciendo que los edificios inclinados se pueden comparar en su valor cultural con la Torre de Pisa. Después de un largo silencio, SOCOVIL, la empresa que acababa de entregar el edificio tristemente emblemático (y “económico”) Alto Río, volcado horrorosamente como una caja de cartón, ha declarado la responsabilidad del ingeniero calculista y puesto en claro: la empresa está libre de toda responsabilidad.

La brutalidad del lumpen no se compara con la lógica bastarda de los empresarios. El nuevo y multimillonario presidente ha ofrecido durante la catástrofe “prestar su camioneta” para las acciones de salvataje. ¿Pero cuál será la “vuelta de mano” del empresariado para con la recuperación nacional? ¿Recordarán haber sido favorecidos por la Nación (con pretextos patrióticos), cuando no salvados en circunstancias de crisis? El país paga, los ricos solamente cobran.

El sistema neoliberal ha generado toda esta injusticia y este salvajismo, ha desunido al pueblo que de pronto siente la necesidad desesperada de reunirse para proteger sus vidas y sus mínimas propiedades. (Por otra parte, no ha logrado la izquierda resolver este problema de organización y ello es otra causa de la marginalidad política. Las organizaciones populares de antaño, como la CUT, se han visto sobrepasadas por la fuerza de la desgracia, impotentes para emprender campañas que los vendedores mediáticos y comerciales como Mario Kreutzberger toman rápidamente antes de que el “negocio” se lo apropie alguien más).

En Concepción ha caído desde su pedestal la estatua de O’Higgins. El bicentenario se inicia para el país con una desgracia y con una radiografía nítida de su miseria profunda.

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