LAS CRISIS O EL REINADO DEL TERROR.
Patricio Malatrassi A.
Economista. Presidente Frente Profesionales de Izquierda
En una economía no planificada las llamadas crisis económicas son fenómenos ineludibles e imprevisibles. Se trata casi siempre de la acumulación de mercancías invendibles y necesidades insatisfechas. En general su aparición es precipitada por productores que han producido más de lo que pueden vender. Mientras que en formas anteriores de la sociedad el desastre económico era sinónimo de escasez insólita, la crisis hoy es una crisis de sobreproducción. Es claro que este es la manifestación del fenómeno como lo es la posterior transformación de la sobreproducción en su variante opuesta de la escasez, que en la crisis que estamos viviendo es escasez de dinero, dinero transformado súbitamente en un bien escaso, (De allí la escalada de intervenciónes de parte de los Bancos Centrales para bajar el valor del dinero es decir, las tasas de interés), luego escasez de puestos de trabajo, escasez de bienes de consumo etc., etc.
Desde los años ’70 el mundo ha vivido de crisis en crisis, con origen en los países desarrollados o en los países dependientes. En una sucesión sostenida de la cual la actual es un eslabón que se convierte en la más violenta e imprevisible de los últimos cincuenta o setenta años. Es el reinado del terror. Podemos registrar una secuencia de estos eventos: la crisis monetaria en EE.UU. y la ruptura del patrón oro en 1971; el alza de los precios del petróleo en 1973 y 1979; la crisis de la deuda externa latinoamericana en 1982; el crac bursátil de Wall Street en 1987; las crisis de las cajas de ahorro estadounidenses en 1989; el crac japonés en 1990. Luego vienen las crisis periféricas de fin de siglo: la mexicana (1994), la del sudeste asiático (1997), la rusa (1998) y la brasileña (1999). Y a partir del nuevo siglo otro encadenamiento: el derrumbe de las punto.com en el 2000; las crisis en Turquía y en la Argentina (2001); la quiebras de Enron y World Com (2001 y 2002); las repercusiones financieras del atentando a las Torres Gemelas y de la invasión a Irak. La actual crisis de las subprime [1]que estalla en 2007.
El proceso de insolvencia de los deudores inmobiliarios detonó la quiebra de Lehman Brothers, el cuarto banco de inversiones de EEUU, y lanzó a Wall Street en picada. La mala noticia se suma a la de la quiebra de Bear Stearn y la apresurada compra de Merril Lynch por Bank of America. Previamente, las aseguradoras Fannie Mae y Freddie Mac fueron absorbidas por el estado ante su total insolvencia. Junto a esto, sombríos datos sobre el desempeño de la economía provocaron que el Congreso de EEUU aprobara un plan de rescate inicial de 800 mil millones de dólares. Wall Street vive en un vaivén constante de subidas y bajadas históricas producto de la alta incertidumbre de una economía que no logra tocar piso provocando que los precios de las acciones a la baja no detenga las pérdidas.
Esos íconos críticos, comerciales o financieras, son fenómenos económicos que periódicamente ponen a prueba toda la vida e incluso la existencia de la sociedad capitalista. No son eventos aislados sino que forman parte del desarrollo normal de la sociedad burguesa que los genera porque forman parte de su modo de existencia. El modelo capitalista de desarrollo desemboca inevitablemente cada cierto tiempo en una catástrofe general que afecta a todo el mundo. No es posible que suceda otra cosa cuando el sistema descansa como lo hace el capitalismo en las fuerzas ciegas del mercado y en el imperativo mercantil del lucro y el interés privado. De allí que precisamente la única forma de crear antídotos para detener el desastre es poner en marcha los mecanismos de planificación centralizada, la nacionalización de la banca, es decir la intervención socialista del sistema a través del ejecutor de última instancia: el Estado.
Los capitalistas y sus defensores, políticos y abogados, delincuentes de cuello y corbata no hacen asco en la hora de la desgracia a aquello que continuamente denigran: la intervención del Estado y los sistemas de control social. Y esto obviamente no lo hacen porque súbitamente se conviertan al comunismo sino para lograr que el costo que las crisis que ellos provocan las paguen aquellos a quienes siempre han explotado: las trabajadoras y los trabajadores.
Esta crisis está arrastrando a millones de seres humanos a una pobreza más profunda y derivará como lo declaran personeros de la UNESCO en la muerte de miles de niños en el período. Además está demostrado históricamente que las recesiones han puesto una carga desproporcionada de ella sobre las mujeres al tener éstas empleos más vulnerables, estar subempleadas o desempleadas o carecer de protección social y tener un acceso limitado a los recursos económicos y financieros. Las mujeres dependientes, por ejemplo, que tienen que cuidar a familias completas con menores ingresos o las mujeres trabajadoras que tienen que apoyar a sus familias sólo con sus salarios que, en promedio, son menores que los hombres.
El mismo desolador panorama se incrementa en el ámbito de los jóvenes que en promedio desde la dictadura hasta los gobiernos de la Concertación han tenido una tasa de desempleo de alrededor del 20 %.
La crisis y el fantasma recesivo que ya se manifiesta en Chile un incremento sistemático de la tasa de desempleo y la pérdida de más de un tercio de los fondos provisionales. Se suma a esto el tema de los alimentos básicos con un incremento de precios del 65 % desde el 2006 donde las mayores tasas la han tenido la soja, el trigo y el arroz, siendo esto último parte de la dieta básica de los chilenos.
Otro problema central es la sobreexplotación de los recursos a lo que se suma el abandono de la agricultura que tiene como meta la seguridad alimentaria por la agroindustria capitalista neoliberal destinada en lo esencial a la producción para el mercado mundial. Así los antiguos campos trigueros hoy están destinados a la plantación de pino, la pesca artesanal diezmada por la pesca industrial destinada a producir harina de pescado.
Para resolver el problema de la crisis no hay caminos intermedios: es necesario abandonar el modelo neoliberal creado por el sistema capitalista de desarrollo y su dogma económico basado en el aumento continuo del consumo. Deben incrementarse el reparto del trabajo, socializarse los servicios básicos, recuperar la totalidad del cobre y nacionalizar la banca. En definitiva recuperar la riqueza y la propiedad para quienes producen la riqueza cualquier otra cosa es someterse al reinado del terror que impone la dictadura de la burguesía.
[1] Un crédito subprime es una modalidad crediticia del mercado financiero de Estados Unidos que se caracteriza por tener un nivel de riesgo de impago superior al resto de los créditos.
La Crisis como Crisis
Ramiro Trepper
Al hablar de crisis debemos aclarar el concepto, para desde ahí comenzar a hilvanar ideas que expliquen por qué esta crisis actual del sistema neoliberal del capitalismo no ha producido los efectos revolucionarios que hubiésemos esperado en el sistema mundo contemporáneo. Dicha pregunta o preguntas sólo se constituyen en una aproximación discursiva, porque no exhaustiva. Más bien las posibles respuestas son provocaciones para el debate.
El término crisis lo entendemos en su sentido original griego, esto es, seleccionar o decidir, que enlazado con el sentido sanscrito de limpiar o purificar nos permite entender que las crisis están cargadas de oportunidades para la “sanación” de aquello que se encuentra en estado crítico. Pero aquí queremos ir más lejos y plantear que dichas sanaciones son posibilidades de cambio, pues implican para sus actores conscientes, juicio y decisión. En la crisis es posible purificar la escoria que ha provocado tal situación. Esa purificación para nosotros debería ser la superación del capitalismo, causa central de todo este marasmo. Entonces, he aquí el gran cuestionamiento: ¿y los efectos revolucionarios purificadores del nuevo proyecto sanador?
La argumentación reflexiva se vuelve necesaria para no caer en el desencanto que las explicaciones aprendidas de manera panfletaria no alcanzan a cubrir, como por ejemplo: “la miseria genera protesta”. El sistema económico ya no opera de manera autónoma, funcionando al margen del sistema político estatal, es por ello que las crisis económicas ya no aparecen como “de repente” sin que nadie les pueda dar explicación. Las crisis económicas están íntimamente unidas a la política y a las formaciones sociales respectivas. Ello implica que no podemos esperar una crisis sistémica, pues para ello tendría que entrar en crisis al mismo tiempo todo el sistema, que va mucho mas allá de lo puramente económico, y eso no ha ocurrido. Claro que la tendencia general del capitalismo a la crisis sistémica ha sido hábilmente reprimida, para evitar precisamente la escalada del desmoronamiento general, pues en su estructura de funcionamiento el capitalismo tiende a la crisis y esto lo saben bien no sólo los revolucionarios sino también sus enemigos. Esto genera un estado permanente de crisis que estallan cada cierto tiempo, pero que es controlada administrativamente con la intervención de políticas estatales cuando corresponda, lo que a pesar de todo no evita su aparición, pero ya no sistémica. La posibilidad de purificación revolucionaria está fuera de esta dinámica.
Las acciones que evitan que la crisis económica capitalista se vuelva sistémica son trasladadas por la actividad administrativa del estado a la dinámica política de recambio gubernativo por incompetencia, mal manejo u otro ropaje propagandístico electoral, ocultando al ciudadano la verdadera causa de sus padecimientos de empleo o baja en su estándar de vida. Este procedimiento se puede llevar a cabo porque las reservas de legitimidad política que el aparato administrativo ha construido le permiten operar de tal forma que la irracionalidad del sistema capitalista queda subsumida en hechos inconexos o episódicos que se refuerzan con más legitimidad política al adoptar medidas de racionalidad gubernativa que son presentadas como las adecuadas para salvar la crisis que este mismo juego ha engendrado.
Por último, las reservas de legitimidad política vienen, en gran medida, aportadas por las motivaciones socio-culturales que las sociedades tengan. Cuando esas motivaciones no son suficientes o se ven degradadas por la sinverguenzura, el despilfarro o el aprovechamiento de la elite en el poder, entonces deben ser rápidamente reemplazadas por una “ética” fácilmente entendible de consumo y juego. Aquí las formas de distribución de bienestar se realizan a plazo fijo con bajas tasas de interés, procurando con ello evitar que dicho procedimiento sea descubierto como expresión de intereses que no son generalizables sino que son intereses de unos pocos. Esto implica un costo extremo al sistema político administrativo, pues carece de recursos racionales de justificación, trayendo consigo un abandono, un vaciamiento de participación política, esto es, de legitimidad en el largo plazo. Pero las consecuencias de una crisis sistémica, esto es, revolucionaria, son desplazadas hacia situaciones de normas que carecen de racionalidad justificativa, redundando en el mantenimiento potencial –pero no latente- de una crisis sistémica que se repetirá rapsódicamente hasta nadie sabe cuando.
El Fracaso de la Crisis como Posibilidad
Uliánov
El fracaso de las acciones de la izquierda nacional a propósito de la crisis actual del neoliberalismo, resultan impresionantes. La aspiración al poder, sea por la vía armada de la insurrección (no se asusten, es sólo argumentativo), como por la vía de una huelga de masas que culmina en una sublevación nacional (les parece conocido este discurso), o aún mejor (¿o peor ?), por la vía parlamentaria, no ha dado ningún resultado y eso nos mantiene pordioseramente pidiendo migajas políticas. La posibilidad de la gestión democrática de base, predicada, sobre el modelo de los comités de defensa de la revolución o aún de los viejos soviets; la idea de una nueva cultura de trabajo manual e intelectual unido (Gramsci), con direcciones políticas rotativas (R. Luxemburgo), con autogestión económica, política y cultural de base (Salazar y su grupo). La idea de una revolución cultural que pueda crear un hombre distinto (Mao en su lado amable) al individuo de la sociedad capitalista. La idea de abolir la constitución, el estado, la moral, la familia, el arte burgués y crear un nuevo arte, una nueva moral, una nueva ciencia, nuevas leyes que le den efectiva cabida a la soberanía popular, nada de eso se escucha hoy a propósito de la bancarrota del neoliberalismo. Las posibilidades revolucionarias de la crisis se desaprovechan por una evidente derechización de los análisis y discursos de la izquierda. Sí, estoy cierto que los programas se construyen en el corto, mediano y largo plazo, pero siempre (y eso Lenin y los revolucionarios triunfantes nos lo enseñaron a fuego) teniendo como objetivo central y único la superación del capitalismo en cualquiera de sus formas.
Las causas de fondo, sin embargo, siguen siendo, la lógica del crecimiento capitalista. La sociedad burguesa, con su poder ilimitado para aumentar la productividad, para aumentar la masa efectiva de productos disponibles para el bienestar, para aumentar los niveles efectivos de consumo, muestra aquí su superioridad. Es capaz por sí misma de integrar al consumo a toda fuerza contestaria. La paradoja es que las propias presiones del movimiento popular, sobre todo obrero, en la medida en que son aceptadas por la hegemonía burguesa, implican su integración progresiva y su consiguiente desmovilización como masas revolucionarias. Así, la izquierda en lugar de cambiar el mundo ha sido cambiada por él.
Este fracaso actual debe rastrearse en forma paralela a la represión de los grandes movimientos de masas que trajeron consigo el gobierno de la Unidad Popular de Allende, que significó el exterminio de miles de cuadros políticos, sindicales y militares, de miles y miles de simples militantes, significó el exilio, la cárcel, el cierre de todo espacio de discusión y creación doctrinaria tanto fuera como dentro de las orgánicas de izquierda. La fuerza, la barbarie del neoliberalismo, combinada con los intentos de refundación por parte de la burguesía nacional ligada al capital transnacional, de la vida económica, política y cultural, han significado una derechización general de la izquierda en nuestro país. Esta actitud se sustenta en autocríticas demoledoras a un supuesto maximalismo, en la pérdida general de las expectativas de cambio radical, en la integración al nuevo modelo político de democracias aparentes. Se nos enseña a pensar en las coordenadas de la resignación y la adaptación. Ya no soñar más, la política dura se impone, lo demás es voluntarismo o, peor aún, fraccionalismo.
Nada es igual. Ya la iglesia no es la del cardenal Silva. Europa no es la del movimiento estudiantil contracultural. Los yanquis ya no tienen a Malcolm X, ahora tienen un presidente negro. América Latina no tiene un Ché y Chile ya no tiene un Allende (ahora hay sólo sucedáneos). La situación general es que el capitalismo imperialista neoliberal, le ha quitado espacio al rupturismo revolucionario. Pero ha abierto un enorme campo para la integración, la negociación, esto es, la componenda. Se trata ahora de pedir lo posible en los espacios posibles. La pobreza de millones debe esperar, o esperar a crecer o morir; su radicalidad intrínseca debe adaptarse o lumpenizarse. La recuperación económica traerá nuevamente buenos negocios y con ella la prosperidad para todos aquellos que sepan aprovechar las oportunidades que el sistema ofrece; la nueva racionalidad se extenderá lentamente y el ciclo se iniciará de nuevo. O quizá no, y entonces ahí estará el viejo topo revolucionario, lo quieran o no los grandes poderes y su coro de izquierdistas educados y simpáticos.

