Cristian Condemarzo
Resulta que ahora, según dice el periodista, todo está en completa normalidad, mientras las calles de Concepción se muestran vacías de no ser por el ya desmedido contingente de militares, que, a pito de la famosa “seguridad nacional” hacen nata por las calles de una media ciudad (la otra está en el suelo). Esto por tanto sería un toque de queda.
Entonces a este periodista le parece algo normal que la gente deba encerrarse en sus casas por temor a no sé qué cosa, que la intendenta esta nos mande a acostar cuándo y por lo que se le ocurra. Que sin derecho a réplica (al contrario de lo que pasa con la pachamama) tengamos que guardar riguroso silencio en nuestras casas obligados a consumir la cada vez más inmunda televisión chilena.
Por eso yo no les creo a los periodistillas estos, por su falta de rigurosidad, por su arbitrariedad, por sus subjetivismos y vanidad exacerbados, por pelotudos, por simplones, por rastreros, por vendidos innecesariamente, por torpes, por imbéciles, por mal informados, por miopes, por necios. Y eso que todavía no hablamos de los de la farándula, que son un buen montón. A todos ellos les revocaría el título de inmediato que con seguridad tan poco les costó obtener y nada, absolutamente nada, mantener. Si eso es una profesión la estupidez entonces debe ser una virtud.
Por su puesto ni una mención del origen de la conmemoración, porque de seguro este tarado no sabe que hay vida más allá de una barricada.
Seguramente algunos, que más o menos podemos aventurar cuál puede ser el desarrollo de la telenovela política actual protagonizada por el galán Sebastián Piñera, hicimos vista gorda de su primer mes de chambonadas y maquinaciones bajo cuerda, tal vez con el fin de no ser sentenciados por irreconciliables, intolerantes o resentidos. Pero cuando, bajo sospecha de ser considerado terrorista, como a toda la población, me cierran las posibilidades de salir a la calle, a pasear al perro, irme de copas o visitar un amigo, o por la simple razón de que, siendo ciudadano, puedo salir de mi casa, por mi calle y hacia donde quiera libremente y toda vez que, por todas y cada una de la reverendas rechuchas, se me ocurra hacerlo, si no puedo hacer este acto sencillo digo, entonces estoy en mi pleno derecho de, por lo menos, transmitir libremente en contra de quien me denosta, priva de libertad y oprime.
Porque una cosa es, prácticamente, hacer la vista gorda de lo que esta derecha megafascista le hizo al país durante 17 (particularmente le sumo los otros 20 post plebiscito), dándole, en jugueteo grotesco de infantilismo democrático, el pase gol para que llegue al poder vía el voto, y otra cosa muy distinta es que estos sucios y recalcitrantes hijos de la misma puta (con el perdón de estas nobles comerciantes) lo vuelvan a hacer con la ciudadanía.
Es que no se trata de desmanes provocados por la conmemoración del Día del Joven Combatiente lo que genera un nuevo toque de queda. Ni la seguridad nacional, incluyendo la suya y la mía, ni un estado de tranquilidad ni nada. Es que a estos y estas bastardas descerebrados, mala clase, inhumanos, pérfidos y asquerosos, les molesta usted. Les molesta todo lo suyo, aunque diga, comparta, hable en su nombre, prometa, enjuicie, le jure y, en algunos casos, hasta le cumpla. Ello no es así, usted les molesta y mucho, y si no fuera porque su persona puede constituirse como el perpetuum movile de la explotación, si no fuera porque su, ahora, encerrada presencia, contribuye a engrosarle sus bolsillos con su esclavitud asalariada, hace tiempo ya habría terminado lanzado de un helicóptero o compartiendo el sueño eterno en una fosa común.
Lo cierto es que no se puede confiar en ningún gobierno que ve a su población (toda) como peligrosa. ¿Qué se creen?¿Qué se imaginan?¿Qué divina luz los ungió para, con su gloria, revelarle la verdad, la santísima verdad, de que ellos son mejores y más nobles al punto de poder elegir por nosotros, sobre nosotros y lo que es peor, con nosotros?
Esa derecha superreaccionaria, ultraautoritaria, hipercohersitiva la conocemos. Por lo menos yo la conozco. Esa derecha que avaló el bombardeo a un palacio presidencial, la muerte de un presidente, el asesinato de sus ministros, la captura, la tortura, la infamia, la mentira contra los ciudadanos. Yo la recuerdo, no fue hace tanto. La recuerdo dando sus bandos, anunciando sus otros toques de queda. La recuerdo en la TV haciendo declarar en noticiarios a detenidos políticos bajo horas y horas de tortura. Recuerdo a los periodistas sucios, cerdos, macabeos, vendiéndose por casi nada (imaginen su valor). Recuerdo los profesores que se iban exonerados, recuerdo a mi hermanos fondeando casettes de Violeta Parra y la revista Bicicleta (¿me puede creer?) so pena de muerte, recuerdo a los empresarios hacerse ricos de la noche a la mañana, las rebajas de salario, la disminución de los beneficios laborales (beneficios que seguramente necesita y extraña, pero también de seguro le ha dado el voto a quien se los quitó, se los está quitando y se los quitará). Recuerdo la pobreza de ciertos sectores y la abundancia de otros. Yo recuerdo todo eso y tan anciano no soy.
Podría decir usted que eso ya fue, que ahora las cosas son diferentes y que todo ha cambiado. Pero fíjese que yo veo lo mismo. El mismo sistema económico, el mismo aparataje político, la misma educación, la misma falta de beneficios sociales. Y lo peor de todo: las mismas personas. Al mismo Cardemil que se hacía el huevón con los resultados del plebiscito del 89, la misma Evelin Mathey hija de aviador golpista, el mismo Piñera y su clan Piñera que le han hecho recagar el bolsillo desde que introdujeron la UF y las tarjetas de crédito. Y lo peor, conservan aún sus malas artes, el afán de tenerlo todo, de oprimir al otro, de hostigarlo, de no dejarle en paz.
¿Toque de queda por el día del joven combatiente? ¿6.000 efectivos militares en las calles? Lógico, debe de ser toda una proeza bélica para nuestro noble ejército chileno, siempre vencedor, nunca
vencido, el poder suprimir los focos de rebeldía y combate de media docena de paisanos que, Bakunin mediante, lanzan una esmirriada molotov (bomba molotov es decir mucha cosa) hacia la inmensidad del pavimento. Debe ser de una táctica sin precedentes apagar la barricada hecha con el neumático de Fiat 600 con la tanqueta brillosa. Es de una logística sin igual detener a los borrachines salientes del pub, esos sí que son un enemigo a la altura. Corresponde a una ingeniería bélica sin precedentes hacer esfumar una manifestación de 15 menores de edad parapetados con un par de piedras mediante el uso de lacrimógenas que mandó a la urgencia a cuanta vieja y niño que el ácido humo encontró a su paso.
Es como para darle una condecoración internacional. Un reconocimiento por los siglos de los siglos a tan incomparable valentía. Ejército de mierda, mariconcetes de camuflajes, soldaditos de putrefacto plomo. Tropas y tropas de cobardes cuya única guerra que ganó (las otras son un chiste) fue en alianza a los ingleses y a los chinos explotados por los terratenientes peruanos. Brutos hijos de puta, sin gracia ni para decir dos palabras, se envalentan con el arma en la mano. Monigotes de guatones pajeros que se van contra el pueblo toda vez que a un par de senadores churretes, intendentas de locosomio o presidentes de bolsa de comercio se les ocurre lanzarse el pútrido pedo de la intolerancia.
Postadolescentes infames que llegan a putear a la vieja los fines de semana porque no les entrega la comida caliente. Machitos de weeken que salen a pagar por sexo para no terminar corriéndose mano bajo la calidez de la lucha. Adolescentes semi analfabetos que en lo del terremoto preguntaban, no sin temor, el nombre de una villa perdidos dos ciudades más allá. Pelotón de aprovechistas que explotan a los pelados más jóvenes, sin opción, que ingresan al “servicio” para que les limpien, ordenen y sirvan (incluyendo favores sexuales) como si fueran gran cosa. Escuadras de mocosos estúpidos que juran y rejuran por dios y por la bandera que son los salvadores de la patria y no son más que la empresa de seguridad de unos cuantos guatones pedorrientos que se aplastan el culo en el congreso y en los directorios. Infanterías de incompetentes que salen a hacer ejercicios de enlace en la alta montaña y terminan con decenas de muertos por tormenta de nieve. Ese ejército churrete, ese ejército que se demoró días en llegar a las zonas afectadas por el terremoto, ese ejército incomunicado por los apagones, ese ejército perdido en su propio país, ese ejército hecho de la mierda más mierda de todas las mierdas, pretende darnos la seguridad en defensa. Hoy más que nunca me queda absolutamente claro que la única y desigual guerra que pueden dar es la interna, contra unos ciudadanos que saltan indefensos cuales marionetas ante un bombazo de estos mequetrefes. Antípodas de los verdaderos jóvenes y combatientes. Me cago en ese ejército.
Y si Sade era un degenerado, también era un sabio, porque él como nadie dio a entender mejor que el espíritu humano es una bosta humeante. Que el que llega al poder se enloquece, que (pensando contrariamente a su paisano Rousseau) el ser humano es dañino por naturaleza y que la sociedad no hace más que mitigar sus maléficas pulsiones. El francés, aunque no lo compartamos, nos permite entender por qué esa frenóloga que tenemos por intendenta se nos descontrola, por qué invita a gobernar a amiguitos del viejo cochino de Paul Schaefer y a inoperantes que no tienen títulos ni siquiera falsificados. Porque si hoy día el toque de queda es por el Día del Joven Combatiente, mañana será por el día de las Damas de Rojo y pasado mañana por la conmemoración de la Caída de Constantinopla.
Porque además es mucho, aparte de tener un gobierno regional fascista, tener una monarquía teocrática y ver a los Van Riselberghe en los nombres de plazas, en los negociados, en la intendencia y en el congreso (o tal vez en el puerto, Enriquito, donde los taxiboys cobran tan rebarato). Porque es como para la risa ser gobernado por una psiquiatra del Opus Dei, que para mí es así como un helado caliente o una pelota cuadrada, ya que ser miembro de la nefasta Obra implica intrínsecamente un arrancamiento de cacharra, una inestabilidad psiquiátrica, algo de qué preocuparse. Y no lo digo yo, lo dice el sangrante silicio, el sentido común y si tuvieran pelotas, el Colegio Médico de Chile.
Pero la vieja en la casa no entiende y jura y rejura que el toque de queda es para ella y su seguridad, y cuando le suban la luz, el agua, el gas y la vida, no hará la libre asociación de que fue porque nadie pataleó, ni protestó ni se quejó. Y cuando su nieto reciba una mierda de educación y se endeude a mil años luz con unos traficantes de dinero para sacar el técnico en reparación de bonsáis, la vieja no va a sospechar que el silencio y la represión anterior es una de sus causas y cuando ya esté en la pitilla tirada en una pieza sucia de un geriátrico clandestino olvidada por todos, porque ya no tiene ningún valor, ya ni se acordará que nadie hizo uso de su derecho a manifestarse por el bien social suyo y de los demás. Y así al que le suben la bencina, al que lo revientan en la oficina, al que paga en cientos de lustros el sueño de la casa propia que cualquier terremoto la convierte en la pesadilla de la casa ajena. Y así a todos los que piensan que vale la pena hacer callar cualquier protesta en virtud de un sueño más reparador, por una callejuela despejada para llegar más temprano a la casa o porque sí no más y yo no tengo nada que ver con los jóvenes combatientes. Así es mejor, infinitamente mejor, perderlo todo para tratar de perder nada, cosa por lo demás imposible. Y en ese caso, parece que es mejor, como dice la cumbia, quedarse “ahí no más” y… ¡que siga la fiesta!


