EL ESTADO Y LA REVOLUCIÓN: Pasado y presente de un debate ineludible
Eduardo Ampuero Cárdenas, Secretario Politico Comunal “Victor Hugo Huerta”
“Cualesquiera que sean las formas con que se encubra la república, aunque se trate de la república más democrática, si es burguesa, si en ella continúa existiendo la propiedad privada sobre la tierra y las fábricas y si el capital mantiene en esclavitud asalariada a toda la sociedad, (…) tal Estado es una máquina destinada a la opresión de unos por otros. Y esta máquina la pondremos en manos de aquella clase que debe derrocar el poder del capital. Rechazaremos todos los viejos prejuicios de que el Estado es la igualdad para todos, pues esto es un engaño: mientras exista la explotación, no puede haber igualdad. El terrateniente no puede ser igual al obrero, el hambriento no puede ser igual al harto. La máquina llamada Estado, ante la cual la gente se detiene con respeto supersticioso, dando fe a los viejos cuentos de que es el Poder de todo el pueblo, a esta máquina el proletariado la rechaza diciendo: es una mentira burgue
sa”.[1]
Así se planteaba Lenin en 1918, siempre atacando sin contemplación a la “izquierda” que tergiversaba el marxismo y a la que, definiéndose como “socialdemócrata” –al igual que los bolcheviques- desconocía la esencia de la teoría, de la estrategia y, por consiguiente, de la práctica de los marxistas.
¿Cuál era esa cuestión esencial que reconocía Lenin en la teoría de Marx y Engels, y que marcaba la diferencia entre revolucionarios y oportunistas? Lenin parte de la idea básica de que la sociedad de clases terminará con la abolición del Estado, y que la abolición del Estado solamente es posible cuando, por medio de la lucha de clases, se construye un poder de la mayoría que somete a la clase opresora utilizando al propio Estado para imponer un nuevo orden, avanzando hacia una democracia superior y a nuevas relaciones de trabajo y colaboración social, creando una conciencia nueva, hasta que se hace innecesario el Estado. Las diferencias sustanciales que marcaron la distancia entre los partidos llamados revolucionarios estrivaba ideológicamente en este punto. Las ideas principales que Lenin recoge de Marx y Engels, y que expone contra el oportunismo respecto a esta cuestión, se encuentran desarrolladas en El Estado y la Revolución. Nos interesa aproximarnos actualmente a un debate de esta obra.
Veamos. Con aquellos que se definían anarquistas, los antiautoritarios o “autonomistas” –¿les suena?-, polemizaba Engels y les crtiticaba en estos términos: “Estos señores creen cambiar la cosa cambiándole el nombre”. Pues claro, la idea de acabar con toda autoridad la han presentado como la esencia de toda transformación, pero este simple planteamiento resulta bastante hetéreo. La idea común entre marxistas y anarcos es la de la consecución de la sociedad sin clases, por tanto, sin Estado, sin el dominio de una clase sobre otra. Pero esto implica claridad sobre el desarrollo práctico que tendrá, sobre el proceso social real. La desaparición del Estado (y de la autoridad, si quieren) no se alcanza de un día para otro y sin encarar los problemas prácticos de su construcción.
La manera en que muchos de los nuevos autonomistas enfrentan este problema, es dejar de lado este punto principal, dejarlo al “ya veremos” y a cierta espontaneidad social. Esto les ha acarreado el vacío de sustancia y lleva inevitablemente a la confusión. Hay los que, situándose en estas posiciones, han perdido claramente el norte de su propia definición. (Por ejemplo, los que promueven la candidatura del no menos hetéreo M. Enríquez-Ominami). Otros anarquistas, principistas, echan a un lado las cuestiones propias de la lucha política y se atrincheran en movimientos que rehuyen la práctica política ante el Estado, que intentan “enfrentar al sistema” practicando la “autogestión” y la “acción directa” como claves para construir la sociedad libertaria. Pues bien, Lenin cita a Engels al respecto: “una de dos: o los antiautoritarios no saben lo que dicen, y en este caso no hacen más que sembrar la confusión; o lo saben, y en este caso traicionan el movimiento del proletariado. En uno y otro caso sirven a la reacción”[2].
El problema se hace más delicado al entrar en el campo de los socialdemócratas (algunos de los actuales socialistas y los comunistas), de los que asumen una práctica política ante la cuestión del Estado, del poder, proponiéndose cambios radicales en la sociedad. Aquí es donde Lenin, al calor de la revolución social, se plantea hacer la diferencia entre los socialdemócratas de la II Internacional y los bolcheviques, y propone llamar al partido genuinamente revolucionario, Partido Comunista, aún aceptando que la cuestión del nombre no es más que una denominación imperfecta, pero que debe servir a delimitar el carácter en desarrollo de una organización y sus ideas centrales.
Pues bien, Lenin lanza duras críticas contra los oportunistas. Parte Lenin destacando la importancia de “arrancar a las masas trabajadoras de la influencia de la burguesía”, lo que es “imposible sin luchar contra los prejuicios oportunistas en lo concerniente al “Estado”” (El Estado y…, pág.295). Los políticos pequeño burgueses creen, o declaran creer, que el Estado es un órgano de conciliación de clases. De aqui parte la confusión en favor de los intereses enemigos de la clase trabajadora. Para ellos, la realidad inmediata determina todo el norte de sus posibilidades, incluso de las posibilidades de todo el desarrollo histórico. De allí que muchos creen (¡y seguramente lo dicen en serio!) que el Estado democrático republicano o la democracia popular para los más “radicales”, es el estado de perfección de la sociedad. A los que se han declarado comunistas y sostienen esta idea del Estado, habría que preguntarles si acaso no quisiesen cambiar de nombre.
Con base en Marx, Lenin escribe: “el Estado es un órgano de dominación de clase, un órgano de opresión de una clase por otra, es la creación del “orden” que legaliza y afianza esta opresión, amortiguando los choques entre las clases” (Ídem, pág.299). Por ello es que contra el oportunismo Lenin debía dar una lucha que a muchos antes, desde tiempos del mismo Marx (y a otros en la actualidad), les parece innecesaria, por suponerla “utópica”. Pues bien, aquí la importancia del debate: ¿en qué orientación se encamina la lucha de los comunistas?, ¿cuáles son los “movimientos sociales”, los “sujetos históricos”, los “actores” del cambio revolucionario?, ¿qué se entiende por revolución (si le interesa a los llamados izquierdistas)?, ¿cuáles son, en definitiva, las contradicciones fundamentales que debe resolver el curso de la historia?
En su obra Lenin indica cómo el Estado se colude con los intereses del capital de forma veneal, de manera tal que engendra toda clase de corruptelas, que engendra una masa funcionaria y servil, que organiza la violencia para conservar el orden favorable a sus intereses. El Estado es el órgano para la explotación de la clase trabajadora, es el que monopoliza el poder de las armas, el uso de la violencia, como derecho exclusivo para el control de una clase en su lucha por el poder. El Estado hace patente a través de la fuerza el dominio de una clase sobre otra, “sin embargo, dice Engels, por excepción, hay periodos en que las clases en lucha están equilibradas, que el Poder del Estado, como mediador aparente, adquiere cierta independencia momentánea respecto a una y otra…”. En la República democrática “la riqueza ejerce su poder indirectamente, pero de un modo tanto más seguro” (pág. 303). Estas últimas son conclusiones de gran interés. Marxistas posteriores han hecho significativos aportes para profundizar este análisis. Habrá oportunidad después para entrar en ello.
Lo indudable es que en términos históricos las aseveraciones de Marx y Engels tienen plena comprobación. Basta mirar cómo los funcionarios gubernamentales y la empresa privada se alimentan y corrompen. ¿Cuántos ministros y funcionarios (y presidentes “democráticos”) son premiados con puestos y privilegios por los grandes consorcios, por el FMI, el BM…? Baste ver cuál ha sido la función efectiva de las Fuerzas Armadas. Y vaya si es cierto aquello de que el Estado intenta lograr un aparente equilibrio entre las clases, entre intereses que son irreconciliables, domesticando a la clase trabajadora. Pero nuestros alegres y optimistas oportunistas siguen hablando del “Estado democrático” como fin, desdibujando el interés y la naturaleza de la lucha de clases en el movimiento de trabajadores e incluso dentro de los partidos que se definen marxistas.
Algunos militantes plantean con muy poca vergüenza que la discusión de estos problemas suspende las tareas inmediatas, retarda el quehacer partidario, sugieren que la base no tiene comprensión de las verdades profundas (se asemejan así a la Iglesia y su censura y tratar como ignorantes a los feligreces), llegando a abandonar ellos mismos el entendimiento del marxismo para abrazar con más energía el pragmatismo de la coyuntura, pero siempre negando a los otros este esfuerzo de la conciencia por temor a no sabemos exactamente qué. Coinciden curiosamente con el temporal anticomunista mundial, es más, se suben a su ola para impulsarse. En tiempos en que todo esto se ha relativizado… no, peor aún, se ha dado por olvidado, cuando las organizaciones así llamadas de izquierda han preferido olvidar el tema, dejar de lado estas discusiones y la educación sobre estos asuntos esenciales, es cuando –y antes de que en el escenario se agudice el conflicto de clases- la izquierda revolucionaria debe estimular el estudio y la discusión sobre ello. Un aniversario más de la Revolución de Octubre nos da la ocasión de tocar uno de estos temas en manos del propio Lenin, que concluía justamente en Acerca del Estado:
“Nosotros arrebatamos esta máquina a los capitalistas y nos apropiamos de ella. Con esta máquina o garrote destruiremos toda explotación; y cuando en el mundo no haya quedado la posibilidad de explotar, no hayan quedado más propietarios de tierra y de fábricas, no ocurra que unos se hartan mientras otros padecen hambre, solamente cuando esto ya no sea posible, entonces arrojaremos esta máquina al montón de la chatarra. Entonces no habrá Estado y no habrá explotación. Este es el punto de vista de nuestro Partido Comunista.”
[1] Acerca del Estado, V. I. Lenin, Colección 70, Edit. Grijalbo, México, 1970, Pág. 29
[2] El Estado y la Revolcuión, V. I. Lenin, Edit. Progreso, Moscú, 196…… , Pág. 342
El Estado de la Revolución o la fórmula del consenso
Israel Encina, Candidato Doctor en Estética
1. ¿Debemos buscar nuevos modelos y vías hacia la transformación social, como se ha pretendido luego de la apertura del muro-telón que cerraba el escenario del este europeo y haber contemplado el desmoronamiento de la escenificación del socialismo real frente a la mirada pasiva de la clase política del Este; después del levantamiento zapatista, o luego de la aparición en escena de los movimientos altermundistas de la multitud anunciada por Negri o del acuerdo generalizado del fin de los meta relatos impulsado por los “filósofos“ posmodernos propagando la idea de una crisis de la izquierda?
2. Nada supera al capitalismo democrático. Esta es la lección que la izquierda se empeña por aceptar y por la que se esfuerza en encontrar consensos. Del horizonte moderno de la izquierda crítica ha desaparecido casi por completo una Kapitalismuskritik en el sentido marxista (crítica al capitalismo), en lugar de ello se ha sobre-puesto una crítica al turbo-capitalismo del modelo neoliberal. La figura del demócrata se ha vuelto el actor principal de la izquierda con mayoría. Si bien es cierto que el viejo continente gira con una velocidad impresionante a la derecha, América latina es su contra-dirección aparente; en ambos escenarios rondan los parlamentarios de izquierdas en el intento de fortalecer la democracia. Los movimientos sociales también hacen lo suyo y contribuyen a la opinión en marcha de la necesidad de una profundización de la democracia, de los espacios democráticos. La izquierda democrática y los movimientos altermundistas han afianzado un proyecto común que se expresa en la fórmula: Neoliberalismo v/s Democracia.
3. La única radicalidad detrás del pasamontañas zapatista es la de ser radicalmente demócrata, la demanda de una integración plena de los “pueblos” a un Estado soberano: -la democracia persigue así con sus medios, el ideal del Estado fascista: unir a todas las clases sociales en un “nosotros” nacional, que crea y reafirma el carácter irrestricto de la soberanía estatal-. Como si fuera poco, la izquierda altermundista retoma los programas de regulación del modelo globalizado impulsando propuestas de control y redistribución como la Tasa-Tobin o la idea de la decroissance (decrecimiento) sin considerar la inmanencia ideológica ni los resultados prácticos de realización y forma política que tales programas exigen. Una crítica de este tipo podría resolverse en la siguiente fórmula: La gestión democrática de los antagonismos entre las clases y las naciones. O su equivalente mas sintetizado: Neoliberalismo v/s Democracia. En cada uno de ellos el Estado retoma su sentido más íntimo, el de ser una obra de arte que por una relación de contraste con su exterior genera una tensión entre el orden armonioso de las cosas y el caos, desierto incivilizado de aquellos y de lo que se mantiene fuera del territorio del orden y la legalidad-democrática.
4. ¿Cuál es el sistema de coordenadas que indica la crítica de esta izquierda múltiple que se asoma con sus proyectos reformistas o revolucionarios? ¿A qué elementos teóricos es posible echar mano para identificar la razón instrumental impregnada en el horizonte cultural del momento político que viene a confirmar las ventajas de la participación en el ejercicio “democrático“? ¿Cuál es el concepto de poder que mueve a la izquierda y qué tipo de corpus político se configura a partir de éste? ¿Puede la “estratégica” contradicción del momento arrojar luces sobre una estrategia a largo plazo o evidencia simplemente la distancia del partido de Lenin con una de las ideas centrales de éste formuladas en “El Estado y la Revolución” cuando las tergiversaciones del marxismo que apuntan a una salida a través del consenso?
5. Nada resulta más urgente que volver a Marx y a Lenin.