Israel Encina
“Articular históricamente lo pasado no significa «conocerlo como verdaderamente ha sido». Consiste, más bien, en adueñarse de un recuerdo tal y como brilla en el instante de un peligro. Al materialismo histórico le incumbe fijar una imagen del pasado, imagen que se presenta sin avisar al sujeto histórico en el instante de peligro. El peligro amenaza tanto a la existencia de la tradición como a quienes la reciben. Para ella y para ellos el peligro es el mismo: prestarse a ser instrumentos de la clase dominante. En cada época hay que esforzarse por arrancar de nuevo la tradición al conformismo que pretende avasallarla. El mesías no viene sólo como redentor; también viene como vencedor del Anticristo. El don de encender en lo pasado la chispa de la esperanza sólo le es dado al historiador perfectamente convencido de que ni siquiera los muertos estarán seguros si el enemigo vence. Y ese enemigo no ha cesado de vencer.”
Walter Benjamin
Después de 20 años, el periodo 1973-1990 ya es Museo. Desde el 26 de Abril del 2010 está abierto al público el primer museo de la memoria y los derechos humanos en Chile. Un gesto esperado por muchos y, sin duda, un logro, una pausa de regocijo y reconocimiento de una lucha de décadas por la defensa de los derechos humanos y por esclarecer el destino de miles de detenidos desaparecidos y ejecutados políticos durante la dictadura de Pinochet. El nuevo actor en el paisaje institucional del Chile actual es un logro de muchos, de cientos de familias marcadas por la tragedia, de la izquierda y sectores porgresistas, los que a pesar de una política oficialista de blanqueo y amnistías -motivada por el eufemismo de verdad en la medida de lo posible-, han sabido colocar con consecuencia la discusión entorno a la necesidad de una confrontación con la historia reciente del país y aportar con ello a la construcción de una cada vez más necesaria memoria colectiva. Aunque la musealización de este oscuro periodo de la historia chilena significa un esfuerzo gigantesco por sistematizar un estudio crítico de la violencia y terror de Estado aplicados contra los cuerpos políticos indeseados. La constitución del museo no significa la solución de un problema, sino más bien su replanteamiento por otros medios.
Los esfuerzos por construir una lectura de la barbarie desatada durante la dictadura han tenido lugar en muchos campos, no sólo en el del quehacer político; en el campo cultural los intentos de una confrontación con la historia han seguido estrategias muy variadas. En la literatura de Bolaño, Lemebel; en el teatro de Grifero, Radrigán; en la plástica de Balmes, Jaar y varios otros. La lista sería con seguridad afortunadamente larga, aunque con variantes en su radicalidad y consecuencias estéticas y discursivas. La existencia del Museo de la memoria y los derechos humanos, modificará por completo la forma del tratamiento de la historia. Si bien los intentos de análisis desde las artes y la política centran la atención sobre los asuntos generales de la barbarie pinochetista poniendo a disposición una referencialidad simbólica que ordena un discurso que hasta ahora no encontró un Otro-sujeto de diálogo ni legitimidad en los marcos de legalidad, la aparición de este nuevo sujeto contribuirá a la especificación de los objetos de estudio probables –que, sin embargo, pasará por las políticas de institución y por sus posibilidades objetivas dentro del marco legal heredado por la dictadura y mantenido por el oficialismo-.
¿Cuáles son las posibilidades reales del MM* en el marco legal vigente, en relación a la escritura de la historia (análisis del lenguaje de la historia), al esclarecimiento del pasado reciente entorno a la violación de los derechos humanos y en cuanto a la pregunta por juicio y reparación? Una posible respuesta a esta pregunta pasará inevitablemente por el sentido y fronteras de la razón social de la institución museo. Las posibilidades objetivas de la fase de constitución del MM estarán naturalmente determinadas por una política de adquisición, investigación y organización del material. Esto se centrará en dos aspectos relevantes: investigación y educación. El hecho de que el pasado dictatorial y sus consecuencias en la vida social, institucional y política, no hayan sido reflexionados en su profundidad hasta hoy, generará lógicamente una demanda del rol y expectativas que el museo deberá cumplir, las cuales con seguridad no podrán ser respondidas en su justeza.
La legalidad de una razón particular del encubrimiento junto a una política consecuente de blanqueo de la memoria, han sido los estorbos principales de las luchas por justicia y verdad. Un caso emblemático es el hecho que en Chile no exista la tortura como figura legal punible, lo que hace imposible el procesamiento de cientos de torturadores por un lado y por otro imposibilita el reconocimiento de las victimas de tortura como tales. Lo mismo sucede con la ley antiterrorista, que al igual que en la era Pinochet, aún sirve como soporte para la persecución política y la violación de derechos básicos. Considerando estas situaciones reales, la nueva institución museal, será clave en el desarrollo y fortalecimiento de una discusión e investigación necesarias. Llegar al plano de la necesaria formulación del problema de la barbarie en el Chile reciente como problema político, será una pregunta abierta a la política y objetivos del MM, pero por sobre todo será una cuestión de recepción. En esto será necesario entender que el museo se levanta como sujeto posible de diálogo y exigir de él un rol garante en la permanencia de la lucha por el esclarecimiento del pasado, será absolutamente lógico.
Es evidente que las fronteras de posibilidades del museo respecto a las luchas políticas de familiares y victimas, estará teñida por el marco de legalidad vigente. Para asegurar un esclarecimiento de la historia entre 1973-1990 no basta con un museo -esto es evidente-, pero es una apertura de posibilidades, un espacio en el cual se debe plantear la necesidad de una transformación del marco legal vigente que comienza con la formulación de una nueva Constitución y una ley efectiva de reparación, esclarecimiento y juicio. En este aspecto, será vital un trabajo colectivo entre investigadores, organizaciones de derechos humanos, organizaciones de familiares (de) y víctimas, de la institución museal y el sector principal que fue víctima y objeto de la violencia en la barbarie desatada por la junta militar, esto es, la izquierda.
La relación entre el tratamiento de la historia y la institución museo no está excepta de debates, no sólo en cuanto a su rol, relevancia y necesidad, sino -lo que es aún más importante- a su naturaleza sintomática. El surgimiento del museo con objeto fijo de estudio, es la expresión de un momento histórico particular, es a la vez una acción de desplazamiento de un algo que la sociedad o la política vigente no ha logrado resolver del todo y, como gesto de sublimación, deposita bajo la responsabilidad de un ente especifico. Esto por supuesto no es regla para la razón de constitución de cada museo. En el caso chileno esto podría ser evidente. Después de veinte años, la dictadura y sus efectos siguen siendo un tema sin resolver, un tema que ahora es desplazado de la lucha y denuncia pública a un espacio formal de almacenamiento y exposición, donde lo público adquiere el carácter de la versión institucional. En relación a esto, resulta inimaginable que el museo cuente con archivos de datos específicos sobre los torturadores -más del 80% de los nombres indicarían a personas que se mantienen en libertad y en ejercicio de funciones en el ámbito público y privado; y, como es de imaginar, esto chocaría con las posibilidades legales-.
El ingreso al museo de una de las luchas políticas que marca el proceso de transición, tiene un doble carácter, por un lado implica un reconocimiento como hecho histórico real -que aumentará en crueldad en la medida en que se esclarezcan los hechos a través investigaciones-, lo que es una conquista de los movimientos sociales ligados a este conflicto, pero, por otro lado, significa una salida limpia del gobierno concertacionista, que le otorga un espacio físico en el campo cultural a un problema que es estrictamente político. Un problema que fueron incapaces de resolver en este terreno, pero que mantuvo una presencia relevante en el campo cultural, con apoyo gubernamental o sin él. La creación del MM no es en ningún sentido un logro de una política consecuente enfocada en el tratamiento de la historia reciente de Chile -si es que ha existido una política enfocada en resolver este problema-, en vez de ello, ésta ha sido aquella marcada por la lógica de verdad en la medida de lo posible. Así, la existencia del MM es la conquista de un movimiento social y de izquierda consecuente, es la reacción desesperada de una serie de gobiernos superados por una demanda que después de 20 años no podía seguir esperando.
¿Qué exigimos del MM y qué rol puede jugar éste en el esclarecimiento y tratamiento de la historia, respecto a la justicia y la verdad, a las posibilidades de juicio y castigo contra los genocidas? ¿Cuáles serán las políticas que orientarán el trabajo de investigación del museo? ¿Cómo contribuirá el MM a entender las condiciones que hicieron posible la barbarie y con ello a evitar que ésta se repita? ¿Puede ser el MM una nueva instancia de lucha política para la construcción de una democracia real? Éstas serán algunas de las preguntas que marcarán las relaciones de las organizaciones sociales y políticas con el nuevo actor del paisaje de instituciones del Chile actual.
* Museo de la memoria y los derechos humanos, en adelante MM.
El Museo de la memoria cuenta con un amplio centro de documentación donado por organizaciones chilenas e internacionales , también por personas independiantes. Para acceder a la fuente de archivos consulte la pagina web: www.museodelamemoria.cl En ella tendrá acceso a documentales, textos y entrevistas, material fotográfico, etc.










